Siempre fui el que rompió los mensajes encadenados. Confieso que lo hacía con gusto. A veces me sentía como el héroe, que con solo guiñar un ojo, puede salvar a la humanidad. Pensaba que esas informaciones, compartidas por el amigo de un amigo de nuestro amigo, además de proceder de una fuente de dudosa credibilidad, intentan idiotizar a nuestra cómoda sociedad.
En un mundo donde toda la información tan sesgada, tergiversada, adulterada, exagerada, malintencionada y banalizada como siempre, la podemos encontrar a un solo golpe de ratón, y repito, toda; la buena y la mala; la noticia y la simple opinión, lo más cómodo es ver un telediario y creerse todo lo que nos cuentan, leer un periódico en su edición impresa o digital y creerse todo lo que nos cuentan o más fácil todavía, reenviar una noticia impactante que nos llega a nuestra dispositivo de última generación, sin tan siquiera molestarnos a reflexionar sobre ella.
En mi ardua tarea de ser un héroe que no envía a sus contactos supuestas noticias, con más tintes de leyenda urbana que otra cosa, he conseguido tan solo a veces, que a mis amigos no les llegue idioteces como la leche caducada que nos venden en los supermercados, la mujer que sufrió una explosión en sus glándulas mamarias recién implantadas o la extraña vida personal de los ciudadanos chinos y las costumbres culinarias que nos quieren inculcar. Nunca quise participar del lado oscuro de las nuevas tecnologías, y hasta hoy creí que lo iba a conseguir. Ahora cuando son las 20:14 del día 18 de noviembre de 2013, mi labor de héroe que lucha contra toda idiotez camuflada en la red, se tambalea.
